Volver a la caverna, tras ver la luz...

Un mundo no apto para el entendimiento...

Plan F.-

Plan F.


- Con cuidado, que no nos vea.

Caminábamos por la calle Simón Bolívar tras una jornada escolar con el sol apenas perceptible en el frío día de julio. Ambos sabíamos qué hacer, no era la primera vez, pero un recordatorio nunca está de más.

-Entonces, si digo Plan A, ¿Qué haces? –pregunté.

-Línea recta y manteniendo distancia.

-¿Plan B y C?

-Izquierda y derecha.

-¿D y E?

-Nos separamos y nos sentamos en la cuneta.

A simple vista era fácil, ¿Tan fácil como quitarle un dulce a un niño? No, definitivamente no: ella era la presa y nosotros el cazador; la avenida era el prado y las casas el bosque espeso; los autos eran espectadores y los pasajes los ríos… todo estaba ahí por algo y no se debía desaprovechar.

“Plan B” le dije a Luciano y giramos por un pasaje sabiendo donde podríamos retomar la calle. La gente no se daba cuenta y nos sentíamos parte de un juego de video muy real; el fin nunca fue lograr algo en concreto con ella, nos dábamos por satisfechos con que no se diera cuenta o descubriéramos donde vive, podía ser morena, rubia, colorina, lo que sea, bastaba que fuera bonita y no se viera afligida. “Plan D” me dijo e instintivamente crucé la calle caminando por la vereda contraria, la presa nos había burlado perdiéndose a lo lejos.

-Jodimos esta vez –me dijo mientras reía.

-Eso parece, nos alejamos demasiado, pero al menos fue entretenido, ¿o no?

-Bastante, pero mejor volvamos que quiero descansar.

Perseguir a alguien es una sensación difícil de describir, involucra todos tus sentidos alerta y estás preparado para lo que sea. Algunas veces no nos descubrían y hallábamos donde vivía, otras ocasiones perdíamos el rastro de la joven por exceso de precauciones, unos pocos momentos fuimos descubiertos, pero nunca tuvimos contacto con alguna “presa”.


Otra mañana en el colegio. Me falta tanto aún para vacaciones de verano y más aún para salir de este establecimiento. En la sala el ambiente era ruidoso, así que preferí salir al patio y unirme a algún juego de “hombres versus mujeres”. Este día jugamos al “semáforo” que era muy simple: Hombres perseguían a las mujeres; al atrapar a una, ella decía uno de los tres colores del semáforo al antojo. Verde era beso en la mano, amarillo era beso en la mejilla y rojo… beso en la boca. Apenas comienza la cacería busco a las niñas más guapas, aunque me pidieran verde yo era feliz; veo a Tamara, la niña nueva, que es la más bonita de todo el lugar y se rumorea que le gusta el “Parra”, el más mino del colegio (aunque nunca le encontré gracia alguna), corro hacia ella pero Nicolás me la gana, busco a otra. Vanesa, Katty, María José, Alejandra, Nicole, Diana y Camila… Camila… ¿Camila? ella nunca había jugado a esto, no lo medito demasiado, corro hacia ella y no fue difícil atraparla.

-¿Color? –pregunto sonriente.

-Ver… Amarillo. –respondió luego de titubear.

“¿Amarillo, escuché bien?” me pregunto mentalmente a la vez que avanzo hacia su cara y un beso infantil da contra su mejilla. Cuando tomo conciencia de lo que hice el recreo había terminado y nos preparábamos para volver a clases.

¿Por qué eligió amarillo, será que le gusto?... toda una semana nervioso, sólo Dios entiende mi angustia y poco puedo realizar para lograr mi tranquilidad… debo hacer algo hoy mismo.

La campana suena dando fin al día estudiantil; ya tengo mis cosas guardadas y me dirijo a la salida luego de despedirme, al virar en la esquina la veo a unos pasos de mí, no lo pienso dos veces y la sigo. Vuelvo a ser cazador. “Plan C, A, C, B” me decía a mi mismo. Ella cruzó la avenida central y se hacía difícil pasar desapercibido, tuve que seguirla de muy lejos. Tras entrar a un pasaje y perderla de vista corrí, corrí y corrí como tigre contra un venado, cuando doblé en el pasaje donde creí que estaría fallé… no corrí lo suficiente.

El subconsciente nos incita a superarnos y aprender de los errores, si no le hacemos caso nos estancamos y perdemos vida. Yo acepté lo que mi mente me proponía, así que al día siguiente lo volvería a intentar.


Viernes, último día hábil de la semana, si no lo hago ahora no tendré otra oportunidad hasta tres días más; no quiero pensarlo mucho y salgo a cazar. “Plan C, A, C, B” murmuro para no sentirme solo, llegamos a la avenida central y ella la cruza a paso más rápido de lo habitual así que, antes de perderla otra vez, corro. Quién me esté viendo se daría cuenta cuánto esfuerzo le pongo a cada una de mis zancadas pero nadie ve lo mismo que yo al virar en el pasaje… el corazón explota dentro de mí y, si estuviera atento, quizás hasta me estoy orinando: Frente a mí está ella. Era un zombie verde con la boca desencajada y manos rojas con largas uñas negras sobre las caderas; unos ojos de gato me miraban y con una lengua bífida me dice: “Me vuelves a seguir y te arrepentirás”. Yo, un ratón aplastado de la cola por querer queso, me limito a no pestañar, siento que si cierro los ojos no los volveré a abrir jamás.


Fue el fin de semana más desagradable de mi infancia. En mis once años de vida jamás me había pasado algo así. ¡Cazador cazado!, a pesar de ser moreno, imagino que la cara roja se me notaba a millones de años luz, hasta el valor me faltaba para presentarme en el colegio el día lunes. “Me siento demasiado mal, mamá” dije, sabiendo que no era una mentira del todo, pero no podía inventar enfermedades extrañas para no ir, así que el martes volví a la mazmorra de la vergüenza.

No fue tan malo como creía, al parecer nadie sabía lo ocurrido el viernes, porque no advertí nada raro en ellos, de hecho, Camila estaba más simpática que nunca y en especial conmigo… ¿Habrá sido todo un sueño o de verdad estoy enfermo y este es un delirio? Fue un día genial y toda la vergüenza se esfumó. Otra vez jugamos al semáforo y ella me dijo amarillo, feliz se lo dí. Al salir del colegí me demoré conversando con unos amigos y, al terminar, veo a lo lejos a Camila cruzando la avenida. Como era mi día de suerte, corrí de tal manera que no fui directo al pasaje, si no que dí un rodeo para que, desde lejos, pudiera ver todo su interior (no sé por qué no lo pensé antes) y de esa forma, aunque no lo creas, descubrí donde vivía. ¡Claro que la perdía de vista si su casa estaba casi en la esquina!, qué despistado soy.


Lo malo de la caza es que, cuando uno logra su fin, todo pierde sentido y no dan ganas de seguir. Eso me sucedió. En el recreo del miércoles ni siquiera salí a jugar, me quedé en la sala conversando con Nicolás. Cinco minutos antes de que sonara la campana fui al baño a lo que todo ser humano hace ahí, pero, al retornar a la sala, todo cambió: Dos mastodontes me tomaron los brazos desde la espalda inmovilizándome y dejando mi torso al descubierto… entre una neblina de hielo seco y cuervos volando sobre mi cabeza apareció otra vez la niña zombie, pero esta vez sonriente… casi sonrío de vuelta, pero algo me decía que no era lo que yo pensaba y nada me preparó para lo siguiente: Su mano se enterró en mi cara haciéndome perder sentido de la realidad, el frío aumentaba el dolor y todo alrededor se esfumó. Ella se acercó lentamente a mí y susurró un “te lo advertí” al tiempo que me soltaban.


Nunca quise averiguar quién me había traicionado al acusar mi caza, como tampoco pretendí saber por qué, a pesar de todo, ella me pidió besos en la mejilla… ¿Será que los hombres estamos predestinados a no entender y sufrir el tormento estas zombies disfrazadas de ángeles? La respuesta tardará, lo sé, mientras, tengo otras cosas más importantes que hacer… al repertorio “Plan F” agregué.

-Paulo, ¿Qué es plan F?

-Abortar, Luciano, abortar.











Paulo Gómez A.

La niña de rubí.

La niña de rubí

Atención: no apto para seres extremadamente sensibles =) (solo extremadamente dije ¬¬)

Mamá era la estrella, Sofía el planeta más cercano con su gato como luna, Raúl era un planeta grande y gaseoso, papá el anillos de asteroides que rodeaba todo… y yo… y yo era un agujero negro que quería absorber y destruirlo todo, ¿Por qué? porque nunca quisieron que fuera parte de ellos ni aceptaron que yo fuera distinta.
Extrañamente lo recuerdo casi todo. Recuerdo esos momentos en que obligada acompañaba a papá a la ferretería para conseguir clavos y barras de silicona; la gente me ignoraba, así de simple… como si en mi lugar hubiera nada, el vacío absoluto, incluso me empujaban y pisaban sin advertir mi presencia. Graciosas caras ponían al darse cuenta que yo era “algo” y miraban a mi padre buscando el perdón, pero este nunca se dio cuenta de lo que me sucedía. Sentada a veces en un columpio de un parque cercano, parecía que la gente pensaba que balanceaba solo, miraban extrañados mi cuerpo unos segundos y retomaban su vida.
Raúl, dos años mayor que yo, se limitaba a decirme “a comer hermana, a dormir hermana, cállate Valentina.”, el que yo hubiera nacido no afectaba en nada su vida, como tampoco la de Sofía, quien prácticamente era de otra galaxia, y si alguna vez se dio cuenta de que existía era porque interrumpía su estudio.


Un mart
es por la noche volví del parque, esperé que todos durmieran, caminé hacia el almacén del patio trasero asegurándome de no hacer ruido, tomé un punzón que papá usaba y lo enterré profundamente en el palto… práctica suficiente para que, una semana después, toda mi familia amaneciera muerta. No lloré, no temblé, recuerdo haberme lavado con asco la sangre que se suponía que compartía en mis venas, una sangre verde y espesa que, por más que me he restregado, aún no sale.
El resto de la historia es perfectamente predecible: La ama de llaves dio aviso a la policía de un homicidio múltiple ocurrido mientras dormíamos y que yo había sido la única sobreviviente; en lo oficial se atrapó a un violador conocido del sector y se le culpó por los hechos, ni siquiera se necesitó una toma de muestras, bastó una declaración firmada a puños... ¿Quién culparía de tal cosa a una niña de diez años? Seis meses después, tras una pésima estancia en la casa de mis abuelos maternos, me derivaron a un hogar de menores bajo la tutela de la monja Begoña.


En total éramos doce: el chino, el chico, el pelao’, pipe, Ana, cote, coni, fabri, Ricardo Jacqueline, la gorda y yo, la vale; Veníamos de mundos diferentes pero compartíamos el ser incomprendidos; siempre tratábamos de escapar pero ninguno quería hacerlo en realidad, era como un pasatiempo más. A las seis de la tarde nos daban el vasito con unas pastillas insípidas y nos revisaban la boca a la fuerza para asegurarse que hicieran efecto… hasta que, tras una semana especialmente tensa, Ricardo nos dejó. Su rostro azul nos dio a entender cuánto luchó por respirar esa noche –aunque no fue gran cosa si apenas tenía fuerza-, ficha forense: Asma crónica.
Ana fue encontrada ahogada en su bañera; pipe con unas marcas de alambre delgado en su cuello; el pelao’ con la mandíbula rota contra una cuneta; la gord
a, amordazada, con lápices en sus ojos y boca; y, por último, Jacqueline con una perforación en el corazón… mi especialidad.

No hay que ser genio ni pasar seis años en la academia para relacionar hechos y darse cuenta del culpable de esas travesuras. Me llevaron esposada a la clínica psiquiátrica que es donde me encuentro actualmente... si algo he aprendido en esta loca vida es a escribir; a veces relato muertes pasadas, otras, muertes futuras… ahora mismo podría relatarte c
ómo le acabo de inyectar aire en la yugular a la enfermera, produciéndole una coagulación interna, ¿Pero para qué embarrarte el apetito?, quizás te preguntes: “¿Pero por qué? ¿Qué te han hecho?” y la respuesta no te dejará tranquilo… me han mirado como bicho raro, me han pisado y empujado sin pedir perdón, me han tratado como un adorno feo de la habitación… No me miran a los ojos porque temen ver en mí la persona que en verdad han evitado ser; te pediría que me mirases a los ojos, y entiendo lo absurdo que es, pero… ¿Has sentido ganas de enterrar ese cuchillo en la espalda de alguien por algo sin importancia para el mundo, pero trascendental para ti?, piénsalo nuevamente y quizás cuando no veas y pises a esa niña, de la mano de su padre, le pidas perdón, perdón por no haber tenido más cuidado… perdón como me lo deberías pedir a mí.
Paulo Gómez A.